Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

Gustavo Martín Garzo

gustavo martin garzo

Una sentencia pietista dice que pensar es agradecer.

Y cada uno de los textos de este libro existe para demostrarlo.

Más alto que el aire es un libro de meditaciones, un libro que se pregunta por el sentido de las cosas, que no rehúye esas preguntas eternas que tantas veces nos desvelan, pero que trata de ofrecernos a la vez un espacio de serenidad y sosiego frente a tanta desesperanza.

Su símbolo podría ser el pozo de Agar. Abraham tomó a su esclava Agar por amante, y tuvo con ella a Ismael. Pero su esposa Sara, muerta de celos, se las arregló para expulsarla de la tribu con su hijo. Agar se echó a andar por el desierto sin darse por derrotada, y un ángel hizo brotar para ella y su pequeño niño un pozo para que pudieran beber. Desde entonces, Agar es uno de los nombres de la poesía.

La poesía vuelve habitable el mundo. Vuelve habitable el mundo y pide perdón por no saber estar tantas veces a la altura de su belleza y su dolor. Pide perdón al árbol, como escribió Wislawa Szymborska, por las cucharas y los tenedores de madera, a las grandes preguntas por la banalidad de nuestras respuestas, y a la gente que permanece desvelada en la noche por el sosiego de los que duermen plácidamente en sus camas.

“Hay que elegir entre la justicia y el amor, escribió Elías Canetti. Yo no puedo, yo elijo las dos cosas”. Este libro habla de esa reconciliación del amor y la justicia sin la que la poesía no podría existir. No rehúye hablar del dolor, de la desgracia y el sufrimiento, pero se rebela contra esa idea terrible de que la vida sea un valle de lágrimas. Aun más, su autor nos dice que no es posible que hayamos nacido para ser desdichados.

“Gracias a ti, a ti, y a ti. Gracias por haberos puesto en mi camino. Gracias por haber asumido la dicha de llenar mi presente con vuestros rostros, vuestras palabras, vuestras acciones con las que dais fe del arca guardada en vuestro pecho. Gracias al miedo porque me hace más voluntarioso y consigue que redoble mis esfuerzos en profundizar hasta el hueso de la fruta, allá donde las leyes del karma quedan limpias para que los hombres renazcan a su propio vientre”.

Una vieja leyenda india habla de un río cuyo cauce gira en su término para regresar a nosotros. Es un río contradictorio, pues en él esta lo feo y lo dulce, la luz y la oscuridad, el dolor y la dicha, pero no se pierde en el mar de la muerte, como el río que canta Jorge Manrique en sus Coplas, porque es el río del paraíso. Javier Expósito es el poeta de ese río. Habla ese regreso de las cosas y de las criaturas. De ahí que el centro de su obra sea la ternura, que no es sino el gesto de hacerse cargo de algo y quererlo proteger.

Tal vez por eso en este libro se habla mucho de los niños.

“El niño está siempre dentro de ti siempre. No hagas como si no le conocieras, dale sus juguetes cuando te los pida, ¿acaso te crees más sabio cuando te dice que esto es un juego?”

Javier Expósito se adentra en ese bosque extraño que es el mundo con vocación de amor. No escribe para mirarse a sí mismo, sino para hacer suyas las voces del bosque. La escritura para él no es el gesto del que se expresa, del que inscribe su nombre; sino del que recibe algo.

No es posible olvidar la importancia que en estas meditaciones tiene la naturaleza. Las alusiones son constantes: lirios, mariposas, ríos, nubes, gotas de la lluvia, nos salen al paso sin descanso.

“Mi familia no es más que una estrella, un monte o un lago. Mi familia teje la misma red que la araña, duerme bajo el mismo techo que el océano, se duele de la misma yunta que el buey, su saludo el mismo de la aurora, su adiós el eco del ocaso”.

Javier Expósito nos dice una y otra vez que no estamos solos, que la vida es una corriente inmensa que compartimos no sólo con los otros individuos de nuestra especie, sino con los animales y los bosques, con las dunas de los desiertos y los cielos salpicados de estrellas.

Occidente puede considerarse un oasis de bienestar en el mundo de hoy. Valores como la desvinculación de política y religión, la igualdad legal de sexos, razas y credos, la instauración del sufragio universal, son conquistas de las que debemos enorgullecernos. Pero basta con asomarse a las residencias de ancianos, visitar los arrabales de nuestras ciudades, o percibir el grado de feroz competencia del mundo empresarial, para que ese entusiasmo se enfríe. Somos sin duda el pueblo más poderoso y rico de la tierra, pero ¿de verdad somos el más justo? Hay otros valores: la hospitalidad, la curiosidad ante el viajero, el amor a los ancianos, el diálogo con los animales y las fuerzas de la naturaleza. “Haz dulce tu camino, dijo Isaías, y recibirás una melodía”. Es la dulzura de las melodías que se cantan mientras dura el camino de la vida la que debe dar cuenta del verdadero valor de los pueblos, no la opulencia de sus mercaderes.

Javier Expósito nos dice que al hombre no le basta con vivir, sino que quiere tener una vida hermosa, una vida dotada de sentido. Queremos satisfacer nuestras necesidades y deseos, pero también tener un espacio para el absoluto. Durante miles de años, agobiado por el peso de sus necesidades y carencias, el hombre buscó ese absoluto fuera del mundo. Pensó que había otra vida, un reino de plenitud más allá de las nubes, por el que había que sacrificar el nuestro para alcanzar la salvación. Hoy sabemos que la salvación no se encuentra en el más allá, sino aquí y ahora. El reino está en nosotros y nuestra misión es civilizar el infinito, hacerle caber en nuestras pequeñas vidas.

Tal es la enseñanza de este libro. Nos dice que la vida es un don que debemos conservar y cuidar. Que debemos estar agradecidos, y dar las gracias porque existan los ríos, los perros, la música y los niños. Todo eso es sagrado y nadie tiene derecho a ultrajarlo.

“Lao Tse canta: ¡El mundo es un recipiente sagrado, el mundo es un recipiente sagrado!”, los pies hundidos en la corriente del río, la mirada en las cumbres de las montañas cuajadas de nieve, el sol aupándose en las fraguas del cielo. El agua, fría y revoltosa, hace cosquillas a las manos de Lao, apoyadas en la hierba aún húmeda del rocío. La luz le ciega unos momentos, justo cuando más nítido se hace el piar de los pájaros, su inspiración suena entonces como canto de mirlo, su columna al estirarse parece un junco. Lao no necesita recordar que el mundo es un recipiente sagrado, pues lo lleva consigo a cada pisada, cada palabra, cada gesto, cada respiración. Es un templo y una ofrenda, Tan sagrado como lo eres tú”.

Comentarios   

#1 Trucos y videojuegos 11-04-2017 13:27
 He contemplado video-game mejores aunque por otra parte tambien peores

Revisa y ademas navega por mi website; Trucos y
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