Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

Ser los otros

Queremos ser los otros. Queremos ser los otros sin ser nosotros. No, esto no es posible, pues aunque seamos los otros desde la dimensión del pensamiento, si no somos conscientes y cavamos hasta desenterrar el alma, no seremos capaces de conectar con ese otro que nos mira y pide ayuda o sólo quiere ese afecto que no tuvo. Porque desde el momento en que hemos puesto a descubierto el tesoro que estaba en la sala más profunda del castillo, ya estamos preparados para ser el otro, al haber abierto al cielo, primero, nuestra propia alma. Sin esto, no hay aquello. Todo intento de ponerse en el lugar del otro, de calzar el dolor del otro, de sentir su sentimiento, no tiene verdadero fundamento si no hemos hecho eso con nosotros mismos. "Ama a tu prójimo como a ti mismo", ése es el sentido de la propuesta de Jesús.  De no ser así, darás origen a un pávulo mental, una ilusión como todo lo que nos rodea, una máscara más de nuestra mente que nos convenza de que somos buenos y hacemos mucho por los demás y nos preocupamos de todo. No confundáis el egoísmo hacia el presunto bien del otro con darse. Se trata de acompañar a ser al otro, y para esto no hay otro paso posible antes que acompañarse a ser uno con paciencia, humildad, honestidad y coherencia. Perdonándose el camino de tropiezos. Hallándose en las huellas dejadas sin que perturben nuestro presente. Vamos a ser los otros. No lo dudéis, la conciencia está en marcha. No hay apuro, no hay prisa. Seremos los otros siendo. 

Al hilo de la sincronía

Utilizar la sincronía es un arte divino. Algo adentrado en ti, removido por tu búsqueda, fruto de una pregunta que te lanzas, de repente, toma forma fuera en un símbolo o hecho como respuesta directa del Universo. Y puede ser encontrarte con alguien, un mensaje que te da esa persona sin saber nada sobre una duda o decisión interior; o quizá una imagen que veas por la calle, o un animal que te encuentres, o simplemente la lectura de una octavilla o una pintada en un muro. La cuestión es que la sincronía suele llegar cuando la pides y conecta tu interior con el exterior de manera limpia. Es la coincidencia sin casualidad. La voz de tu gota de agua divina que, imposibilitada de que aún la escuches, toma forma fuera ayudándose del océano divino del Cosmos, dando a luz esa manifestación. El otro día, en un taller de cuentos, hablo de las sincronías, saco a la luz el escarabajo de Jung, y una cucaracha surge del fondo de los pupitres entre los ojiblancos alumnos y se posa justo debajo de la mesa, al lado de mi pie, mientras les terminaba de explicar el concepto de sincronía utilizando a la propia modelo. Así va todo hasta en las pequeñas cosas. No digamos luego en las grandes...

Y es que según profundizamos en nosotros mismos, comenzamos a conectarnos más con el dios colectivo que nos une a todos y que también somos nosotros, y empiezan a ocurrir una y otra vez las famosas coincidencias que no lo son, esas casualidades sin aparente rumbo, sincronías que nos ponen en contacto entre planos y de alguna manera nos guían hacia donde el espíritu señala. Yo lo llamo tirar del hilo de la sincronía para salir del laberinto. Y siempre, si surge de tu ser, ese hilo que coges te guiará a una puerta que has de abrir. Siempre funciona, y suele tener un destino. Eso sí, permanezcamos atentos, no sólo para clarificar la intención de la búsqueda y obtener así una respuesta más clara, sino para tener abiertos los ojos cuando ocurra e identificarla, y no cofundir sus términos, pues entonces nos podríamos volver a extraviar. Aunque si es del cielo, si hay ángeles que anuncian, si estamos conectados, no habrá perderse posible.  

Dios abrirá

Confía....y...cuando menos te esperes, Dios abrirá. No lo dudes, subirá los siete escalones y la luz aparecerá ante ti con la suavidad y contudencia de un amanecer. Dios abrirá, así de fácil. No necesitas llaves porque él porta todas las llaves y te las proveerá, una a una, cuando considere llegado el momento necesario para tu alma; tú pediste ese momento, antes de venir hasta aquí, aunque ahora no lo recuerdes y todo te parezca un laberinto de tiras y aflojas.  Dios abrirá tu corazón y expresarás lo que sientes, sentirás lo que expreses, te cargarás de conciencia para descargarte de inconsciencia, soñarás lo que amas y amarás lo que sueñas, manifestándose esa realidad que una amor y sueño en un mismo paisaje. Y si el sueño no es lo que esperabas, dará igual, porque al cruzar el umbral de la puerta que Dios te abre, lo de menos será lo que esperabas y lo de más será vivir lo que se te ofrece.  Eso sí, no llames a la puerta, no pidas que Dios te abra, si no estás seguro de entrar, y si al tocar con los nudillos tiemblas, ¡no temas!, ¡no se te ocurra retirarte de la mirilla!, deja que Dios te mire, que te contemple en toda tu grandeza provista de errores y tachas, digno, sin más culpa que esperanza, dispuesto a que si te abre, le entregarás la cerradura de tu corazón, de modo que no hagan más falta llaves, cerraduras y puertas, ni que Dios nos abra porque, sólo con la intención, él ya estará en ti y tú serás él.

 

   

La grandeza de parar

Tenemos la oportunidad y la grandeza de parar cuando queramos. De cerrar los ojos, llevar la atención al entrecejo y conectar con lo divino, aflojar la marcha de la respiración y dejarnos sentir, dejarnos hablar con lo alto que está en nosotros y en todo porque es lo mismo hablar a la gota que al océano. Es entonces, cuando estoy en medio de la vorágine y hago esto. Paro. Y comienzo a escuchar dentro ese sonido que vibra y me vuelve la energía a las manos. Practícalo. Para. De repente, sin previo aviso. Respira. Aun en medio de lo que hagas. Recuperas un poco de ti. Una pizca de tu espíritu te ilumina al cerrar los ojos y olvidarte de lo de afuera. Así de tanto en tanto. El día ampliará su espacio, la luz llegará más intensa, la resaca de las olas amansará, y tú seguro que eliges mejor el siguiente paso, la siguiente calle que tomes.

 

Los frutos del alma y Maeterlinck

"El silencio interior es el sol que madura los frutos del alma", dijo Maeterlinck, ese gran escritor y dramaturgo que, para muchos, sólo tiene que ver con las hormigas y las abejas...claro que, ¿y qué somos nosotros? ¿metidos en hormigueros y colmenas?...

Maeterlinck tradujo un libro del místico holandés del siglo XIV, Ruysbroeck, y éste le iluminó espacios invisibles para el resto de su vida. Digamos que el sol de Ruysbroeck alimentó el silencio interior de Maeterlinck para que los frutos de su alma maduraran y llegaran hasta nosotros, que aún seguimos recogiéndolos de esas ramas de árbol que son las páginas de sus libros, donde podemos hallar frutos como esta frase de antes. 

En el mundo que vivimos, cuan difícil se hace el silencio interior. Tenemos tanto que leer, tanto que hacer, tanta espiritualidad que consumir los que asomamos ya brotes, que imaginar a otros que ni siquiera han regado la semilla, frustra...los frutos del alma tardan en salir más de lo que debieran con tanta profusión de estímulos, o eso me pasa a mí, que veo las nubes velar el sol aún para retardar la maduración de mis frutos, aunque sepa que cuelgan de las ramas de mi alma, a la espera de que el sol las haga visibles con su luz a todos aquellos que quieran alargar la mano.

Acalla la mente, ¡di basta!...y oirás el murmullo del vacío como un vibrar de alas de luciérnaga en la noche. Del silencio surge la semilla de la fruta, el hueso envuelto luego por la pulpa, protegida a su vez por esa piel que mordemos, con ganas, cuando las ganas de ternura aprietan.