Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

La grandeza de parar

Tenemos la oportunidad y la grandeza de parar cuando queramos. De cerrar los ojos, llevar la atención al entrecejo y conectar con lo divino, aflojar la marcha de la respiración y dejarnos sentir, dejarnos hablar con lo alto que está en nosotros y en todo porque es lo mismo hablar a la gota que al océano. Es entonces, cuando estoy en medio de la vorágine y hago esto. Paro. Y comienzo a escuchar dentro ese sonido que vibra y me vuelve la energía a las manos. Practícalo. Para. De repente, sin previo aviso. Respira. Aun en medio de lo que hagas. Recuperas un poco de ti. Una pizca de tu espíritu te ilumina al cerrar los ojos y olvidarte de lo de afuera. Así de tanto en tanto. El día ampliará su espacio, la luz llegará más intensa, la resaca de las olas amansará, y tú seguro que eliges mejor el siguiente paso, la siguiente calle que tomes.

 

Los frutos del alma y Maeterlinck

"El silencio interior es el sol que madura los frutos del alma", dijo Maeterlinck, ese gran escritor y dramaturgo que, para muchos, sólo tiene que ver con las hormigas y las abejas...claro que, ¿y qué somos nosotros? ¿metidos en hormigueros y colmenas?...

Maeterlinck tradujo un libro del místico holandés del siglo XIV, Ruysbroeck, y éste le iluminó espacios invisibles para el resto de su vida. Digamos que el sol de Ruysbroeck alimentó el silencio interior de Maeterlinck para que los frutos de su alma maduraran y llegaran hasta nosotros, que aún seguimos recogiéndolos de esas ramas de árbol que son las páginas de sus libros, donde podemos hallar frutos como esta frase de antes. 

En el mundo que vivimos, cuan difícil se hace el silencio interior. Tenemos tanto que leer, tanto que hacer, tanta espiritualidad que consumir los que asomamos ya brotes, que imaginar a otros que ni siquiera han regado la semilla, frustra...los frutos del alma tardan en salir más de lo que debieran con tanta profusión de estímulos, o eso me pasa a mí, que veo las nubes velar el sol aún para retardar la maduración de mis frutos, aunque sepa que cuelgan de las ramas de mi alma, a la espera de que el sol las haga visibles con su luz a todos aquellos que quieran alargar la mano.

Acalla la mente, ¡di basta!...y oirás el murmullo del vacío como un vibrar de alas de luciérnaga en la noche. Del silencio surge la semilla de la fruta, el hueso envuelto luego por la pulpa, protegida a su vez por esa piel que mordemos, con ganas, cuando las ganas de ternura aprietan.  

 

 

La revolución

La revolución que hace daño al sistema que nos rige es la silenciosa, aquella más impredecible e incontrolable, la que pasa desaparecibida al gran ojo y no tanto a los ojos cotidianos que nos miran.

La revolución que nos toca va directa al amor por nosotros mismos, la única garantía de que permee ese amor hacia los demás y acabe repercutiendo en nuestros diferentes entornos.

La revolución interior trata de domesticar a ese animal que nos late en la sombra y conduce con su bestialidad a emociones engañosas y territorios donde el ego nos domina cuando nos creemos en brazos de un amor pretendido que no es sino poder emboscado a través de la dominación y el control.

Esta revolución invisible exige amor dentro para que tome forma fuera. Si hubo un resucitado en Galilea que predicó con su ejemplo, ¿no vamos a permitirnos la compasión que nos haga de algún modo resucitar al que somos? ¿Amarnos en el presente, pasado y futuro que no son sino lo mismo?

?  

...S...S...S...

A veces dices y dices, y te empeñas en decir...

Hablas demasiado afuera, me digo...

Y tú hablas demasiado dentro, te dices...

Que suene el eco de la palabra en el vacío...

Silencio adentro, silencio afuera...silencio, silencio, silencio...

...Palabra...

Sólo una basta.

El puente de las dos orillas

A este lado del río llueven piedras, llueven huesos, llueven llaves melladas que no abren ninguna puerta, y cuando uno intenta protegerse bajo los árboles, se da cuenta de que no tienen hojas que resguarden al menos un poco de esa intemperie que nos cae del cielo.

Cuando niño vislumbré otra orilla en sueños. Allí el cielo llovía agua, llovía besos, llovía horizontes que, como ondas, sacudían mi cuerpo y lo dejaban tan calmado como la hierba de un prado nunca pisado.

Busqué llegar a nado, ir a contracorriente del agua, usar toda la fuerza de mis brazos, sin que pudiera ganar aquella ribera soñada. Busqué, busqué, y busqué...

Mira bien, me dijo un viejo que pasaba como si tal cosa al verme regresar a la orilla, triste y cansado tras un nuevo intento de llegar a nado...

- ¿No ves el puente?, ese puente que lleva a la otra orilla del río...Siempre ha estado allí, siempre.

Eso me dijo el anciano sonriendo...