Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

El incendio de Notre Dame nos habla

 

Hay un mensaje para quien desee profundizar, más allá del dolor, más allá de la herida, más allá del incendio de una catedral de gran belleza y significado no sólo para el culto religioso, sino también para la estética y el arte de una cultura, de un pueblo, de Europa entera. Por eso, este mensaje nos atañe a todos, a una civilización completa, porque nos enciende una luz en llamas como símbolo de nuestro propio interior.

No hay realidad externa que no sea un reflejo de nuestra realidad interna. Algo en nosotros, muy dentro, quiere arder, quiere ser purificado, quiere calcinarse para salir vivificado, abonado, enriquecido con esas cenizas que, como energía transformada, alimentan aún más la tierra. Por eso la Naturaleza y el ser humano mismo queman los pastos de la sabana en Serengetti para que luego lleguen las lluvias y hagan crecer aún más hermosa la pradera tras la estación húmeda. Esto ha de pasar con el ser humano. El fuego de la transmutación alquímica va a levantar ascuas dentro del hombre y la mujer, y el incendio de Notre Dame nos da la sincronía de este proceso transformado que ya está en marcha, que ya se avecina, y que arrumbará símbolos de una vieja Europa, de una antigua civilización, de un viejo ser humano que necesita dar un paso más allá de las creencias, de sus propios límites, de sus construcciones y sus mitos, para desarrollar un nuevo tiempo en el que la consideración por los templos externos (muy sana y apoyada en la estética y la concepción de armonía y a su vez mental) dé paso a la consideración del templo interior o interno, más allá de formas, creencias, ideologías, materia, que forma parte del mar del espíritu en el que toda gota siendo genuina también a la vez se pierde. 

De esto nos habla el incendio de Notre Dame, por mucho que ahora se quiera reconstruir -aunque no se haya perdido su esencia del siglo XII del todo- pues no se trata de volver otra vez a lo viejo -la aguja del siglo XIX y sus añadidos de construcción- sino de quedarnos con la esencia del templo y su saber, lo verdadaramente esencial para construir ese puente necesario que nos lleve a la otra orilla que ha de cruzar el ser humano. Esto es, quedarnos con lo que nos servía de lo clásico para construir algo nuevo.

Y esto ha de pasar con las religiones, con las empresas, con las instituciones, con la política, con todo aquello que viene del ser humano, que ha de remozarse a través de un fuego transformador (en este caso interior y esperemos que no como el de Notre Dame) para dar luz a un nuevo hacer que venga desde la riqueza de lo intangible que habita en el alma. Reconocernos con alma. Esto es, que nuestra atención empiece a virar hacia la parte interna y dejemos de dorar y adorar sólo la parte externa, estética, el arte por el arte (loable y rico pero no sin su prolongación de alma que ahora hemos perdido) y esa es la esencia de los constructores de catedrales de Notre Dame. Ese arte con alma, esa creación que, independientemente de creencias, ideologías, políticos, gobernantes o dineros, pervive para volver a crear con la sola presencia del ser humano. 

Por eso el incendio de Notre Dame también nos habla, simbólicamente, y más tras el Domingo de Ramos, en la Semana de la Pasión, a través de la más que probable pérdida de las reliquias que se hallaban en el chapitel derrumbado del siglo XIX -un trozo de la cruz, un clavo y parte de la corona de espinas del Maestro Jesús de Nazaret-, de que el sufrimiento -la cruz, los clavos, la corona de espinas- termina para el ser humano, que la época que nos ha llevado a donde estamos, de sufrimiento mental con apego a la desgracia y la muerte que conlleva el enfrentamiento y la separación a través de ideologías, religiones o políticas o banderas, está terminando sin remisión y forma parte de esa transformación interior que se le pide al ser humano. Dejar el conflicto, la separación.

Para eso no hay más tu tía que el alma, el único instrumento posible del espíritu que nos hace a todos iguales, que nos convierte en lo mismo, porque nos hace a unos ser parte de los otros. Eso es ser templos interiores, y no exteriores, el darnos cuenta que no necesitamos rezar en ningún lugar, con ningún culto (aunque los respetemos) porque Dios está dentro de cada uno -en la forma que cada cual quiera nombrarle o reperesentarle- y que no hay intermediarios ni lugares físicos en los que esté sólo presente -que también está en ellos- sino que nosotros lo llevamos allá donde estamos.

Somos el Santo Lugar. Somos Tierra Santa. Lo digo y lo redigo en el libro "¡Somos Tierra Santa! La Paz de Melville", que plantea de alguna manera todas estas cuestiones que a mi ser le traen este incendio del gran patrimonio que es (y está bien decirlo) para toda la Humanidad esta catedral de Notre Dame. Ahora se nos pide dar un paso más allá de Notre Dame, se nos pide que de las ruinas erijamos un nuevo templo, que no tenga precisamente su ojo posado sólo afuera en sus formas y estructuras, sino que nazca y mire desde dentro, hacia dentro y por dentro, puesto que la luz del fuego interior habrá de iluminar con fuerza renovada el paisaje externo, aunque ahora veamos sólo la grisura embadurnada de la piedra por el humo y la llama. 

El incendio de Notre Dame nos habla de nosotros. Hora es ya de escuchar los mensajes que llegan porque son el reflejo de lo que se mueve en el inconsciente colectivo, en la sonoridad silenciosa de esta era que agoniza para propiciar un cambio de paradigma, de dimensión, de visión, de vida, de humanidad. 

 

 

NOTRE DAME, NOTRE DAME

 

 

 

Se incendia la catedral de Notre Dame (lo siento mucho por los franceses y los que amamos la armonía del patrimonio universal), la patria chica del jorobado, la inspiración de Víctor Hugo, el dominio de las gárgolas que me miraron a los ojos cuan Medusas, y no veo en ello sino una señal clara de la caída de símbolos que va a llegar en próximos tiempos, la caída de todo lo que creíamos eterno, inamovible, permanente en nuestra memoria...

El incendio de Notre Dame pone en jaque nuestras identificaciones con el arte, con los países, con nuestras creencias e incluso con nuestros mismos recuerdos, y nos conduce al esforzado terreno del desapego de lo creado por el ser humano, a pesar de la admiración por la belleza y la armonía que existe en cada templo construido por arquitectos que fueron maestros iniciados.

Llegan tiempos en que habrá visiones inverosimiles, caídas inesperadas de símbolos empresariales, ceremoniales, institucionales, medioambientales, cambio de cambios, poco a poco, como una erupción lenta...Notre Dame, símbolo de Europa, orgullo de París y de Francia, ya no volverá a ser lo mismo...el fuego incendia el templo mas nunca el alma, acaba con la creación más nunca con su creadora...

El fuego decae, y con él avanza la noche, que trae siempre la hora de la ceniza que fertilizará un nuevo tiempo de luz.

ILUMINAR EL DESVÁN

 

 

 

Decía el famoso escritor William Faulkner, que "la literatura es lo que hace una pobre cerilla cuando se la enciende en mitad de la noche en medio de un campo. No sirve para iluminar nada, sólo sirve para ver un poco mejor cuánta oscuridad hay alrededor".

Desde mi experiencia disiento de Faulkner, cada vez más lo veo justo al revés. La literatura puede llegar a ser el sol que ilumina el mundo para dar cuenta de la luz que hay en él. Todo depende de nosotros, otra vez, de nuevo, la elección de mirar con los ojos de adentro al mundo. Y los ojos de Faulkner estaban muy viciados por su sufrimiento.

Imagina que enciendes una luz en medio de un desván oscuro; dependiendo de la intensidad de esa luz, emergerán de la oscuridad más o menos las dimensiones del cuarto, más o menos objetos que lo llenan, y si la luz es muy intensa, podrá casi iluminar hasta los rincones más recónditos, los detalles más inadvertidos, y comenzarán a desvelarse las pelusas, las manchas, la pintura descolorida, el barniz dañado de los muebles, adornos olvidados. Empieza a mostrarse un mundo que andaba cegado, poco a poco, desvelándose según elevamos la vibración del voltaje de la luz. La elección está en si queremos seguir iluminando lo que vemos, mantener la atención en lo que descubrimos y hacerlo con la luz de una vela o una lámpara que ilumina desde el techo como un águila eléctrica. Si usas la vela, será una luz muy orgánica, bella, melancólica incluso, pero sólo verás un reducido ámbito alrededor tuyo, y no podrás distinguir la suciedad ni los rincones, y tendrás que moverla contigo, sabiendo que se agotará pronto su pábilo; y si es la lámpara en el techo, quizá distingas todo el cuarto, veas bien hasta el suelo, e incluso puedes descubrir alguna telaraña, abrir el armario y redescubrir alguna prenda, mas aún así, quedarán ángulos oscuros, polvo, zonas a las que tu ojo no podrá llegar....

...Ahora entiende que la luz que ilumina ese desván eres tú, que la vela o la lámpara del techo eres tú iluminando tu interior, ese desván que andaba oscuro, lleno de cosas, y que aún se puede desvelar mucho más. Y claro, vas encontrando cosas que te gustan en el cuarto y cosas que no. Y tendrás que tiras muchos objetos, otros restaurarlos, y otros utilizarlos proque te encantan y habías olvidado que estaban allí.  

...Para observar más profundamente, sólo hace falta que la vibración se eleve, que la frecuencia de la onda de luz palpite más intensa, y se dará la iluminación completa del desván. Es como si subieras la persiana, abrieras la ventana, y dejaras a la luz del sol que llegara en todo su esplendor, sin filtros ni interferencias, y entonces te darás cuenta de que no hay efecto más iluminador, natural y menos esforzado que esa luz del astro directa sobre la escena, cuando podrás ver hasta las motas de polvo en suspensión al hilo del trasluz y los objetos cobrarán su verdadero espectro de color.

Pues bien, date cuenta hermano, de que esa luz que entra en el desván eres tú. Tú eres el astro. Tú eres ese sol que ilumina tu morada, ese desván donde se acumulan los objetos de tu vida, ese interior que permanecía oculto hasta ahora, y que claro, habrá que conocer, vaciar, ordenar... 

La luz pura del sol que eres no dejará nada que merezca la pena ser visto sin verse. Y si te deslumbra mientras haces la tarea, generará una sombra proyectándose para que aprendas a escrutar a la vez en la penumbra, porque de esta manera siga generándose un equilibrio y no te confundas.

Pues bien, la literatura puede y ha de ser ese sol que no veía Faulkner en él, esa esperanza y voluntad que, palabra a palabra, como rayos de luz tendidos en una sábana, van iluminando nuestra morada interior hasta hacerla hogar de vida y alegría, porque por fin vemos que somos esa luz de lo divino, esos personajes de novela con los que la Fuente escribe su particular visión literaria.   

   

La vieja energía

 

Hermanos, hora es de soltar adicciones a viejas energías, hora es de aserrar las alas de madera, de discernir las emociones de barro, de cerrar las heridas antiguas, de soldar los puentes rotos, de llevar la Verdad en el hacer de cada día.

Es hora de desplegar las Alas de plumas, de comprender la dinámica de las nubes, de levitar sobre el légamo, de reír en los sótanos más oscuros, de beber consciencia a la mañana.

Hora es de iluminar las tinieblas, de hacer de los pedazos de luz un sol único, de soltar la piedra de la espalda y desterrar a Sísifo a flotar en un mar de estrellas.

Ya es hora de hacer canción de la letanía más triste, silencio del grito más amargo, Todo de la nada, y nada de aquello en que creímos ver todo.

Es hora de salir del campo de atracción que consume a los habitantes de esta Tierra por milenios, de romper las dependencias que nos atan a los binomios de placer y dolor, al tiempo de la cal y la arena.

Es hora de ascender al momento de hallarse, y en el hallarse, dejar de ser lo que uno es para ser lo que es.

Es tiempo de paciencia, de suelta, de fe en la semilla divina que nos hace árboles del jardín de la Fuente.

Pronto será tiempo de cosecha.

La Paz interior

 

La Paz es un estado interior que aún no hemos ganado. Basta ver y sentir lo que ocurre en este escenario de sombras para saber. Seguimos buscando en el exterior aquello que sólo existe en nuestro interior, nos distraemos con cuchillos y dientes de sierra de ideologías y creencias, cuando sólo abarcándonos en lo más profundo del corazón, se abrirán los campos de Luz a nuestra alma, y ésta dará frutos en cada paso de la tierra que pisamos.

La Paz es un estado interior de Libertad que no mira hacia fuera, y cuya voz entona la vibración de la Compasión, esa palabra por sí sola capaz de eliminar de nosotros toda la rabia y la ira que genera la frustración de no ser lo que somos, y sí comportarnos como otros quieren que nos comportemos alejándonos de aquello que hemos venido a Ser desde el espíritu en esta materia.

La Compasión, al igual que diluye la división dentro de nosotros mismos, ayudándonos a aceptarnos cada uno tal y como somos, facilita esa misma aceptación fuera hacia todo lo que son los demás, de verdad, en esencia.

La Paz es un Estado interior que no tiene naciones, ni banderas ni partidos, donde no hay más frontera que la Libertad de sentirse parte y todo.

La Paz es el Estado interior del que deja de estar fragmentado, y al Ser Uno, termina siendo Todos. 

¡Derribemos los muros interiores y no habrá ya muros enfrente!