Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

La Paz interior

 

La Paz es un estado interior que aún no hemos ganado. Basta ver y sentir lo que ocurre en este escenario de sombras para saber. Seguimos buscando en el exterior aquello que sólo existe en nuestro interior, nos distraemos con cuchillos y dientes de sierra de ideologías y creencias, cuando sólo abarcándonos en lo más profundo del corazón, se abrirán los campos de Luz a nuestra alma, y ésta dará frutos en cada paso de la tierra que pisamos.

La Paz es un estado interior de Libertad que no mira hacia fuera, y cuya voz entona la vibración de la Compasión, esa palabra por sí sola capaz de eliminar de nosotros toda la rabia y la ira que genera la frustración de no ser lo que somos, y sí comportarnos como otros quieren que nos comportemos alejándonos de aquello que hemos venido a Ser desde el espíritu en esta materia.

La Compasión, al igual que diluye la división dentro de nosotros mismos, ayudándonos a aceptarnos cada uno tal y como somos, facilita esa misma aceptación fuera hacia todo lo que son los demás, de verdad, en esencia.

La Paz es un Estado interior que no tiene naciones, ni banderas ni partidos, donde no hay más frontera que la Libertad de sentirse parte y todo.

La Paz es el Estado interior del que deja de estar fragmentado, y al Ser Uno, termina siendo Todos. 

¡Derribemos los muros interiores y no habrá ya muros enfrente!

Los frutos del hacer sin hacer

Estamos en tiempos de hacer sin hacer. Comportarnos como somos para que las cosas se vayan haciendo, solas, fáciles, sólo arrumbadas en su ondear ligero y propio. 

¿No se hace la semilla árbol y el árbol fruto? Por supuesto. Nosotro sólo ayudamos desde fuera. Una vez que el agua riega el suelo donde se plantó la semilla del frutal, la intención santa que dejamos en la simiente, esa fe quedará allí impresa, la cáscara rompiéndose y el árbol creciéndose, dando raíces y tronco para luego alargar ramas, hasta que a su tiempo, de las ramas nazcan frutos. Eso es hacer sin hacer. Hacerse con el transcurso.

Aprendamos entonces a manejar los transcursos, aprendamos a ser maestros de los devenires en el vivir el presente de sus transcursos.

A la hora de cuidar los árboles frutales y recoger sus frutos, habrá dos clases de horticultores, maestros de los transcursos, cada uno de sí mismo, sin juicio a ninguno. Estarán los que aprendan a mirar crecer el árbol con paciencia, estación tras estación, leyendo un libro, tumbados sobre la hierba que alrededor crece o jugando a veces entre sus raíces, cercanos, vigilantes del fluir de esos frutos e incluso regándolos si observan que no hubo agua suficiente, dedicándoles un tiempo de cada uno de sus días; y habrá otros horticultores, los que decidan alejarse y no permanecer a la vera del árbol una vez que su tallo tiene la suficiente fuerza para no ser desenraizado, que lo dejarán al cuidado de la Naturaleza, de las lluvias y los astros, dedicados a otras labores, desapegados incluso de la tormenta que amenazó con quemar el árbol de un rayo.

Un día, el más apegado de los horticultores, más nutridor que el otro, como conocerá cada lance del árbol desde que fue una buena semilla, verá lista la hora de los frutos, sabrá cada detalle de la anatomía y hasta el número de frutos de ese árbol y lo sabroso de su jugo, y los recogerá por no dejarlos caer al suelo y se estropeen o los coman las alimañas, y su cesta repleta le parecerá el más digno de los premios a su cuidado y el justo pago a sus esfuerzos.

Mas el horticultor desapegado, el que permaneció lejos aun recordando con amor la tibieza de la tierra en la que enterró la semilla, intuirá la hora del fruto en la distancia, y aunque sabrá del riesgo de llegar tarde y que otros caminantes hayan advertido los frutos del árbol y se hallan llevado las mejores piezas, llegará a su vera y lo mirará admirado, aun conocedor como era de que la semilla contenía aquella promesa. Y como estuvo ausente, y no esperará más de lo que hubiera, se asombrará del número de frutos y de su jugoso néctar, y aunque reposen esparcidas por el suelo, al alcance de todas las manos, le parecerán el mayor de los tesoros, y tomará del suelo y las ramas los que quedaran para él, fueran cuantos fueran, los que siempre le correspondieron.  

  

Santos Lugares...Tierra Santa...

...eso somos nosotros, Santos Lugares, Tierra Santa.

Y lo sé porque he regresado, peregrino del sendero que sigue las huellas de Jesús hasta llegarse al vientre de la Madre eterna en Belén, María de todas las gracias, bendito el fruto del amor que amalgamó carne y espíritu en Presencia, Ser que Es, Fue y Será, y así nos lo dejó dicho.

De la Estrella a la Cruz, de la Nada al Todo, como recoge el Evangelio gnóstico de Tomás en palabras del Maestro de Galilea, "partid un trozo de madera y yo estoy ahí; levantad una piedra, y estaré ahí". La madera el fuego la transforma, cenizas que alimentarán la tierra, semillas de las que nacerá un día fruto, eterna resurrección, energía que surge y afronta su transformación.

A la vera del camino, vimos las casas de Nazaret, el montículo por el que quisieron despeñarte cuando de tu boca comenzó a manar la palabra de Dios. Ya sabes que nunca fue propicia la tierra propia para el profeta.

Tu voz no calló, y atravesaste los Cuernos de Hattin tras vértelas con las tentaciones para llegar al Mar de Galilea, en cuyas orillas oraste en las piedras y besaste los juncos. Y pescaste hombres que a su vez pescarían en las redes de tu manto a otros hombres que morirían por ti para eternizarse. Y allí estuve, peregrino abatido el sueño junto a otros corazones en la ribera de las aguas por las que anduviste blandiendo milagros de luz en cada paso rozando a los peces. Allí he visto estos días el mismo amanecer que tú viste y sentí el silencio que tú sentiste.

Y llegamos a Jerusalén, ciudad dormida, dividida, ocultada en sus deseos de salvación, confusión de credos y bastión de muros, como fue lo mismo ante tus ojos, antes de ser condenado, al llorar por su caída, "Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profestas y apedreas a los que se te envían, ¡cuántas veces he tratado de reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, pero te negaste!".

En el Huerto de los Olivos también nos dormimos consumidos por la tristeza, no fuimos capaces de comprender la grandeza de tu vulnerabilidad, el sufrimiento amoroso que te impusiste para hacer jirones la sombra de los otros y redimir las batallas interiores de tantos.  Getsemaní nos nubló tus palabras y nos confundió en la bruma, este marzo, como si hubiéramos sido testigos directos de tu captura.

Y aprendimos a sentirnos inmerecidos protagonistas de tu luz, a traicionarnos como Pedro en Gallicanto, al negarte tres veces negarse a sí mismo otras tantas, como hago yo mil y una veces cuando niego el destello que me habita. Y así aprendimos el silencio de la conciencia en el juicio, el dolor de la misericordia en la mirada, al verte caer una y otra vez con la cruz a cuestas, y seguir siendo el que se es, el que se ha venido a ser, el ejemplo de la absoluta consciencia, de la visión más alta...en tu último suspiro, con la duda, y la afirmación de que no hay duda, "en tus manos encomiendo mi espíritu".

Y supimos de la entrega, rendidos, al final del camino, tras casi doscientos kilómetros, dormidos en sacos y albergues, una familia de peregrinos éramos que se bañaban sin saberlo en el mar de amor que dejaste, cuando nos abrazabábamos dándonos la paz, cada día, haciendo honor a tus palabras sin proponérnoslo.

Así nos dimos cuenta, ay despistados caminantes, que cada uno de nosotros somos esos Santos Lugares que buscamos, y no hace falta moverse de donde estamos, para encontrarte. Sí, Tierra Santa somos. Y a eso hemos venido, para aprender a tratarnos como un Santo Lugar, para aprender que somos esa Tierra Santa a la que considerar sagrada, digna, merecedora de todo amor. Por eso él nos dejó el más atrevido de los mandatos: amaros a vosotros mismos como a vuestro prójimo. 

Entendimos Maestro. Tú eres cada uno de nosotros, estás en todos, con nombrarnos te nombramos. Amarte es amarnos. Amarnos es amarte.

¡Sois los Santos Lugares!, ¡sois la Tierra Santa!, uno y todos, todos Uno.  

 

 

De palos y zanahorias

- Amigo, estoy harto, harto de currarme...cuando no es esto, es lo otro, y cuando no lo     otro, lo uno...¿qué pasa?, parece la fábula del pobre Job, ¡joder!, palo y palo, y palo...       ¿dónde está la zanahoria?...

- Ah, ¿piensas que no hubo nunca zanahoria entre palo y palo?

- Bueno, ahora que lo dices, no sé, déjame pensar...cuando no tenía pasta descubrí que  la gente me quería más de lo que creía; cuando no encontraba alguien que me                 cuadrara el trabajo me iba de perlas o tenía una salud de hierro; cuando la cosa con mis padres renqueaba, no me faltaban amigos...y la salud, bueno, aún en los malos         momentos y algún percance, ha estado ahí...sí, supongo que si recapitulo he tenido         palos y más zanahorias de las que creo...

- Bien, lo que quieres decir es que siempre te faltaba algo, fuera de ti...

- Sí, ya te digo, era tener una cosa y faltarme algo de la otra, como si echara agua de un   cubo y se me vaciara de otro.

- Y si lo perdieras todo...¿y si no tuvieras nada de nada de pronto? ¿no acabarían así          todos tus problemas?

- Bueno, lo cierto es que no tendría mucho de qué decidir...

- Y quizá entonces, si te rindieses a no tener nada, si aunque no te hubiera pasado y         dios quiera que no te pase nunca, imaginaras que no tienes nada, y lo aceptaras               rendido, acabarían tus preocupaciones ¿no?...serías mucho más feliz porque no               buscarías ya nada si te rindes...

- No sé si lo entiendo, ¿por qué dices eso?

- Porque cada cosa que te llegara entonces sería la mayor de las alegrías, y cada regalo del cielo o de la tierra lo agradecerías como el mayor de los tesoros, y lo harías parte de ti, y dirías yo soy eso...y lo disfrutarías lleno de presente porque sabrías que igual que vino podría irse...

- Ya, quizá no me deba quejar tanto...hay tantos que no tienen nada, y son más                   dichosos...quisiera darme cuenta antes de no llegar a ver que no me queda nada. 

- Cuando te tienes a ti mismo, nada ya necesitas. La queja viene de tener y querer             retener lo que no es tuyo. Cuando tú eres todo, ya no quieres tener nada, y cuando no   quieres tener nada, ya lo eres todo.  Si te das cuenta de verdad, sin necesitarlo,                 entonces quizá, todo comience a darse, a abundarse, a acompañarte a lo largo de tu vida sin desmayo como si nada se hiciera con esfuerzo.

- Gracias amigo, gracias.   

 

Sólo el sonido de la distancia (al albur del nuevo año)

 

Al albur del nuevo año os digo que son tiempos de pico y pala. Tiempos donde si uno se descuida, acaba enmarañado en su propia sombra y las arenas movedizas lo llevan a uno a los fondos. La oposición hace su trabajo a conciencia, dentro de cada uno, y en su lugar del sueño. Todo es lo mismo, más si no somos conscientes, el sufrimiento y el dolor harán mella. Obligan a soltar y seguir soltando amarras para llegar al mar de la libertad.

Ahora, sólo el sonido de la distancia parecer servirnos de nana. Las olas meciéndose en la noche, cuando dormimos; las hojas de los árboles removidas por la brisa en verano un suspiro de alivio; el trino de los pájaros al amanecer en susurro, una promesa...Y el silencio de la Presencia, dentro, ahondándonos en el deseo de no despertar a la realidad que nos forma en sueño, hartos ya de construir y derruir muros, lejos en el horizonte.

Esta es quizá la más profunda canción de cuna de todas. La del silencio de la Presencia. Ese sonar lejano.

Aquí y allá flota, todos los días, en cada cerrar de ojos demorado, en cada inhalación manifestada de lo que es arriba a lo que es abajo, en la elevación de la voz que, a veces, oímos dentro tan apocada, tan temerosa cuando tenemos un momento de descuido y el vacío se nos cuela dentro.

El sonido de esa paz que nos duerme en la distancia, tan aparentemente lejano, nos tranquiliza, nos duerme en su reino, aunque en su no hacer nos impide acercarnos de cuerpo y palabra, habitando sólo su orilla, esa ribera del espíritu que queremos ahí, sonando un poco lejos, para saber que no ha marchado todavía y que si nos estiramos en un esfuerzo nuestro, será pisada.

No queremos sentirnos ya más incómodos, y lo oído aun lejano nos vale.

Mas no nos durmamos en los laureles que nos tiende el sueño de la realidad, conformándonos con oír de lejos, o ese sonido de la distancia un día dejará de escucharse, cuando de tanto estar al lado, acabe por dejar de ser escuchado, incapaces ya siquiera de distinguirlo, porque hayamos ya olvidado el verdadero silencio del alma que fuimos y somos. Uno y todo.